viernes, 6 de marzo de 2020

JULIA



MADRID, 5 DE AGOSTO DE 1939
Me estoy ahogando. Noto la opresión en la mandíbula y los ojos se me llenan de lágrimas. Me conducen a la capilla para que me arrepienta. ¿De qué debo arrepentirme a mis diecinueve años?, ¿de pensar en mi felicidad?, ¿de trabajar para ayudar a mi familia? Quiero tener ilusiones, ¡vivir! ¿Qué vale mi vida para los que me condenan? No he hecho mal a nadie ni nada de lo que avergonzarme. 
Sigo arrodillada en el banco de madera observando el curso de mi corta existencia. Todo ha sucedido demasiado rápido. Quién me iba a decir, cuando vine de Oviedo con mi madre y mis hermanas, que esta ciudad sería mi tumba. Recuerdo la emoción que sentí al llegar la capital. Éramos modistas, aquí mejoraríamos nuestro nivel de vida. Los encargos de costura serían muy superiores a los de la ciudad de provincias.
Me coloqué en un taller mediocre, la paga era pequeña; cosíamos de ocho de la mañana a nueve de la noche haciendo un descanso para almorzar. Sólo tenía quince años y todo me parecía bien. Madrid me gustaba, el ambiente era alegre y la gente muy abierta. Había verbenas en las festividades. Aquel año salí por primera vez con mis compañeras de taller. Era el 13 de junio, día de san Antonio de la Florida. Las chicas íbamos en el tranvía hasta el lugar de los merenderos en la otra margen del río, frente al paseo de la Florida. La noche brillaba iluminada por la luna y los farolillos de papel fosforecían con sus luces de colores. Todo me parecía mágico. Los muchachos me sacaban a bailar y yo me divertía. Mi amiga Paquita me dijo que un chico muy guapo que estaba junto al puesto de las limonadas no dejaba de mirarme. Yo también lo miré. Entonces se me acercó y hablamos sin parar. Tenía proyectos, sueños, decía cosas que me costaba entender sobre los derechos de los trabajadores. Yo le conté que llevaba apenas unos meses en Madrid y esperaba mejorar económicamente. Luego me acompañó a casa. Se lo conté a mi madre y me recomendó que tuviera cuidado, que no me fiara, que todavía era muy joven.
Me enamoré de Manuel. Me fui enterando de que andaba metido en política; a mi madre le preocupaba, me decía que pensara sólo en mis quehaceres.  Él se empeñaba en que fuera a los mítines de Clara Campoamor. Yo me dejaba llevar; hablaba de la igualdad de la mujer frente al hombre, de que éramos tan capaces como ellos de desempeñar cualquier trabajo, que había una ley natural que igualaba a todos los seres humanos. Eso me llegaba al alma. Clara Campoamor me hizo apreciar y entender mi verdadera condición femenina. Se lo explicaba a mi madre y me contestaba que mi papel estaba en el hogar y en realizar las labores para las que estábamos destinadas, pero yo sabía que no era cierto.
El ambiente en aquellas reuniones estaba muy politizado, si eras republicana no se concebía que no militaras en alguna organización. Manuel era un entusiasta de las ideas feministas y nos hicimos de las Juventudes Socialistas Unificadas. Nos reuníamos por las tardes para elaborar los estatutos de la nueva asociación. Yo me sentía útil al defender los derechos de los trabajadores y, sobre todo, las libertades de la mujer.
 Después del año treinta y seis la costura no nos daba para vivir. Las bombas de los nacionales destrozaban las casas, nadie nos encargaba ropa, ni siquiera remiendos.
 Me coloqué como cobradora de tranvías en 1937. Me borré de las JSU que me ocupaban un tiempo excesivo.  En el nuevo trabajo ganaba un poco más y tenía algunas horas libres para hacer ejercicio. Me dijeron que había unas instalaciones deportivas donde podría practicar y ejercer de monitora con otras chicas. Iba a menudo y, al acabar, me recogía Manuel. Su mejor amigo, Pedro, lo acompañaba a veces.
 Casi no me sostengo, no entiendo qué me ha pasado y por qué Pedro me ha delatado nada más terminar la guerra. No lo puedo saber. Yo sólo pertenecí a la Organización una temporada corta. La dejé influida por mi madre que me decía que no me metiera en líos. Dicen que el motivo ha sido el atentado contra un guardia civil de alta graduación; han muerto él, su hija y el chófer. Ahora buscan responsables entre los afiliados a los comunistas. Las Juventudes Socialistas Unificadas ya no funcionan, pero han cogido a cincuenta y tres personas, entre ellas estoy yo, que no soy nada de eso, que mi único delito es creer en nuestros derechos.
Con nosotras se han ensañado. Somos trece mujeres de edades parecidas, cuya culpa es el haber permanecido en el bando republicano. Cuando me llevaron a la cárcel de las Ventas, hace tres meses, estaba cosiendo para la mujer de un guardia civil.
Me he cansado de decir que no he matado a nadie, que no he hecho nada. Durante el período que he estado encarcelada me he asfixiado en este calabozo húmedo, con ratas y cucarachas corriendo entre mis pies. Ya no tengo miedo, sólo sufro por mi madre. De Manuel no sé nada, también lo han cogido, tal vez esté muerto.
Oigo los pasos de los guardias que se acercan para recogernos. Nos han condenado a morir. Nos meten en un camión. Está amaneciendo y ya no se ve la luna, esa luna que me recuerda el día que le conocí. Al bajar, junto a la tapia del Cementerio del Este, un soldado me mira compasivo. “No puedo hacer nada”, me dice. “Sí puedes, dale esta carta a mi madre”, le respondo. La coge y se la guarda en el bolsillo. Mi último pensamiento es para ella. Sé que muero por nada, por la venganza del Dictador y por su miedo.
 Estamos alineadas, los fusiles nos apuntan. No puedo evitar el grito que estalla en mi pecho:
¡QUE MI NOMBRE NO SE BORRE DE LA HISTORIA!













FARADIDA


ALEPO, SEPTIEMBRE DE 2015
Me llamo Juan y asisto a la sentencia de muerte de una mujer. No puedo resistirme a inmortalizarla en una fotografía, a través de su mirada leo sus palabras, iguales a las de otras mujeres que han sufrido un calvario parecido.  
            Estoy arrodillada ante mis ejecutores en medio de la calle, rodeada de hombres radicales armados; me han obligado a pesar de mi resistencia, y en esta actitud humillante espero la muerte. El imán y dos de sus seguidores me han descubierto, no era difícil, lo he hecho para provocar. Hablan, no entienden cómo he tenido el valor de hacerlo, he incumplido una de sus normas, yo, una simple mujer siria, un objeto cuyo único valor es servirles de diversión.  “¡Qué atrevimiento!, merece la muerte”, dicen. Soy musulmana suní, no creo en su religión, la que ellos han inventado, practico la verdadera, la que predicó Mahoma. Sé que, como mujer, soy libre y tengo derechos. Les he desafiado abiertamente porque no pueden imponerme su tiranía.
            En 1960 mi madre estudió en la universidad de Alepo. Vestía al estilo occidental y trabajó como profesora. Tuve una niñez feliz en los años setenta, iba a la escuela y, al salir, jugaba con mis hermanos y mis amigas. En 1980 comencé los estudios universitarios. Conocí a un estudiante, nos enamoramos y nos casamos. Hace un año que murió decapitado por miembros del Estado Islámico.
            Cuando empezó la guerra, en 2011, Raaszim se había unido al Ejército Libre. Con el bombardeo de Homs, Daraa y otras ciudades, la angustia me consumía hasta que llegaban noticias suyas. En 2014 decidimos ir juntos a Kobaré, en Kurdistán, para unirnos al ejército. Me alisté con las mujeres peshmerga, mujeres soldado que se enfrentan a la muerte para luchar contra los yihadistas. Los he visto correr despavoridos ante el temor de morir a manos nuestras. Para ellos sería perder el paraíso. Yo me alegraba al descubrir su espanto.
A Raaszim lo capturaron en una emboscada, y yo juré vengarme. Continué unos meses con las mujeres kurdas contemplando la brutalidad a la que eran sometidas las prisioneras, eran su botín de guerra. Vi violaciones de veinticuatro horas seguidas en niñas y jóvenes para luego venderlas como esclavas. Vi mutilaciones y toda clase de torturas. Yo deseaba plantarles cara de alguna manera, la vida ya no me importaba.
Conseguí llegar a Alepo. La ciudad estaba medio derruida. De los portales de los edificios colgaban las reglas de los radicales. El Estado Islámico prohíbe a las mujeres vestir con colores llamativos, llevar ropa estrecha, transparente o minifalda. También deben someterse a la mutilación genital y usar el velo o niqab. Vi con horror que el yihadismo se había implantado.
Me escondí en la casa de mis padres donde ahora vive mi cuñada, preparando mi venganza. Quería transgredir esa orden que nos deshonra y nos convierte en objeto de uso y maltrato. Deseaba pregonar nuestros derechos, los de las mujeres árabes, como seres humanos y libres. Hubiera querido ponerme una minifalda y una blusa transparente, y salir así, para que todos me vieran.
He pasado quince días rebuscando en el baúl de mi antiguo cuarto. No había ningún resto de la ropa que usaba cuando era joven. Esta mañana he encontrado algo. En el fondo, he descubierto una chaqueta de color rojo y me la he puesto sobre el chador negro consciente del pecado que estoy cometiendo. De esta manera he salido a la calle, con la cabeza alta, sin mirar a nadie. Me he sentido burlada, me han insultado, y cada mirada de desprecio me ha servido de aliciente para continuar mi desafío. De repente, alguien me ha cogido de los brazos y me ha forzado a arrodillarme.
Agachada, en esta postura vil, veo la cara furiosa del imán que sermonea a los guerrilleros. Acaba de sacar una pistola del bolsillo y apunta a mi sien. Estoy sentenciada, voy a morir en unos instantes. Son los suficientes para que todos oigan mi voz, los que pasan en este momento, los que se paran para recrease con el morbo de mi ejecución y los que sacan sus teléfonos móviles y me fotografían. Sé que mi foto dará la vuelta al mundo, y aprovecho para gritar a mi asesino que soy libre y mujer, y que no tiene derecho a matarme sólo por llevar una chaqueta roja, una prenda occidental que era mía, porque antes la libertad era norma en el país. Digo que me llamo Faradida y quiero que mi nombre perdure en nuestra historia. Un ruido seco cierra mi boca y mi cuerpo se derrumba.      



A todas las mujeres que han dejado huella en la historia, las que se han enfrentado a un mundo hostil, las que han escrito con su sangre las palabras: IGUALDAD Y LIBERTAD dando testimonio al mundo por los siglos.
           






jueves, 2 de enero de 2020





OTRA NAVIDAD

            La mañana es muy fría. Embarcamos en la chalupa desde Bodrum buscando un mundo en paz. Sólo quiero eso. Ahora el cielo se cubre de nubes espesas y el viento encrespa las olas. El patrón se tira al agua antes de que vuelque la barca. Los míos desaparecen. Puedo alcanzar a mi hijo Alan de tres años. Está helado.  Oigo cantar:

Madre, a la puerta hay un Niño
Más hermoso que el sol bello
Él dice que tiene frío
El pobrecito está en cueros.
Anda y dile que entre
Y se calentará
Porque en esta tierra
Ya no hay caridad.

Miro el cielo, allí le espera la felicidad que aquí no ha encontrado.

            Navidad 2016


EL ALMANAQUE



EL ALMANAQUE



 La Navidad es para los niños. Ahora me siento anticuada en este torbellino de compras y regalos que no me reportan a la realidad de su esencia. Luego advierto que me sigue gustando esa otra, la que tiene espíritu, la que yo vivía de niña, la que transmitía Dickens en sus cuentos. Una vez al año, afirmaba, la humanidad, ricos y pobres, se da la mano y los niños sueñan. Para él la Navidad transcendía lo real, se elevaba por encima del bien y del mal y se acercaba a la infancia, donde la ingenuidad se mezcla con la fantasía.
Tengo en la mano su historia insuperable y veo al escribano Bob trabajar durante horas, muerto de frío; y observo su casa, su hijo Tim, lisiado y feliz sentado a la mesa; hay una cena escogida por la madre con el amor obligado en estas fechas; la familia está alegre porque es Nochebuena, a pesar de la lacra de la miseria que esconde bajo la piel; a pesar del respeto profundo de su resignación frente a todos los infortunios. Después percibo las casas, las calles, la gente celebrando la Navidad, y la otra casa lúgubre y oculta del avaro, y los tres espectros, el pasado, el presente y el futuro que acosan a míster Scrooge. Personajes mágicos y reales en la mente de Dickens, que veneraba esos días hasta el paroxismo, como si la felicidad confluyera y se apretujara para ir destilándola poco a poco a lo largo de la vida. Su lección no solo es de amor, sino de compasión, de examen de conciencia y de arrepentimiento.
         El pasado se me aparece gracias al cuentista y rememoro esas otras Navidades. Cuando era pequeña iba con mis hermanas a los cerros a coger unas piedras blancas, calizas, que simulaban los montes nevados de Belén. Poníamos el Nacimiento: la cueva, las figuras, el río de papel de plata que terminaba en un lago pequeño donde colocábamos los patos y, en el borde, la lavandera con la tabla. En los corchos, que equivalían a rocas y musgo, clavábamos corderos, cabras y, más abajo, una campesina y sus gallinas. Los animales no podían faltar, sin ellos nos parecía que el nacimiento no era lo natural que deseábamos. El cielo era un papel azul añil repleto de estrellas que habíamos dibujado y recortado sobre una cartulina dorada. Luego cantábamos a dos voces, nos poníamos delante y elegíamos cada día un villancico diferente. Nos sentíamos artistas, satisfechas de nuestras cualidades.
 Eso era la Navidad para mí, aunque lo que realmente me emocionaba era el almanaque. Mi madre me lo regalaba cada año. Ocupaba la portada un anciano que nunca era igual, sino parecido, con el rostro plagado de surcos y arrugas, los ojos apenas podía abrirlos bajo el peso de los párpados que se cubrían con varios dobleces, las carnes le colgaban bajo la mandíbula, la boca, medio abierta, apenas tenía dientes y la barba era blanca y, tan larga, que parecía una madeja de lana que se extendía y le servía de alfombra. Llevaba impreso en letras grandes el nombre del año que se iba.
 -Es muy viejo -decía madre- ha cumplido trescientos sesenta y cinco días.
 Yo lo contemplaba absorta, lo miraba durante horas fascinada, me parecía un ser bondadoso y viejísimo como nadie era, con urgencia de hablar y deseaba que me contara algo de su vida. Con mis ojos infantiles admitía que ese señor que se llamaba AÑO VIEJO no necesitaba más días para envejecer, había cumplido su ciclo que lo convertía en el ser más longevo de este mundo. Y me daba por pensar cuál habría sido su aspecto en noviembre, en agosto o en abril. Lo veía en todas sus edades mes a mes; ¿guapo?, ¿cascarrabias?, ¿generoso?, ¿cuándo le salió la primera arruga? En estas elucubraciones pasaba la página, allí aguardaba un recién nacido robusto que se llamaba AÑO NUEVO.
Percibía un sentimiento de frustración por envejecer tanto. Le comparaba con el otro y con su cuerpo reluciente. Él también fue enero, terso y joven, como todos somos al nacer, todo el mundo hemos sido enero. Lo que me preocupaba era saber en qué circunstancia había alcanzado el inevitable deterioro y por qué se había desgastado hasta ese punto; entonces se llenaba de lucecitas mi imaginación, examinaba cada línea de sus mejillas, descubría día a día que se encogía más y al llegar el treinta y uno de diciembre, aparecía ante mí un pellejo extendido en el suelo, una piltrafa, el despojo integral de un año, y me estremecía al pensar que la VEJEZ con mayúsculas, el llegar a la máxima edad, consistía en convertirnos en un guiñapo.
-Nadie cumple el total de un tiempo completo -alegó mi madre al verme desconsolada.
La visión de la imagen, año tras año, supuso sin saberlo una de mis primeras reflexiones sobre la decadencia de los seres, era consciente de que el aspecto ruinoso del último día del mes me angustiaba. Más tarde, cuando mi madre dejó de regalármelo, comprendí que me había hecho mayor. Dije adiós al viejecito, a sus incontables pliegues, a mis razonamientos sobre la fugacidad de la vida y sobre la desnudez del cuerpo, pero no pude despedirme de la magia, ni del espíritu, ni del mensaje que llevaba implícito la Navidad.
Ahora, al recordar el almanaque, sé que es un símbolo pasado de mi infancia que se funde con el presente, es el segundo espectro, que me regala esta mirada atrás. Ahora veo llegar cada Navidad y los fantasmas del señor Scrooge me acompañan, un aliento flota en el ambiente y se hunde hasta el fondo de mis raíces, es un espíritu inmortal, que no envejece y me anuncia esa Navidad que Dickens quiso perpetuar a lo largo del tiempo, donde los habitantes del planeta, aunque sea una vez al año, se dan la mano.
Me pregunto si es por eso por lo que me sigue gustando la Navidad.
           





           


           

viernes, 6 de diciembre de 2019


EL REGRESO



            Abro los ojos, el cielo es azul transparente, a través de la ventanilla veo los campos cubiertos de árboles. Una paloma lleva en el pico una rama de olivo. Poco a poco me doy cuenta de que estamos quietos, la nave se ha posado sobre un montículo en algún lugar.
            - ¿Han pasado ya cuarenta días y cuarenta noches? -pregunto al que maneja los mandos.
            -Según cómo lo cuentes, para nosotros eso es, justo y cabal, para vosotros han transcurrido varios siglos.  
             Un ser híbrido entre hombre-mujer que bien podría ser las dos cosas juntas, me acaba de contestar, acciona varios botones del panel, abre la compuerta verticalmente y desliza la escala rampante. Con un gesto me indica que debemos descender. Bajamos atropelladamente, somos cientos, hombres y mujeres, adolescentes y niños. Los animales son los últimos, van mansos, han estado en cautividad, los gestos fieros han desaparecido.
            Ya en el suelo, lo piso con fuerza, estoy en una tierra blanda y húmeda. Una arboleda extensa se bifurca hacia los lados, enfrente y detrás. No se advierten viviendas ni nada parecido. Muy lejano oigo el rumor del mar. La gente comienza a correr, ríe y llora, se abraza. Tomo asiento sobre una piedra, intento hacer memoria, no reconozco nada. Un anciano se me acerca, me da la mano y me tranquiliza.
            -Esta es la Tierra Prometida, en una época había continentes y una civilización muy avanzada. Todo lo destruyó el hombre; antes de perecer la humanidad completa llegó una nave a rescataros a unos pocos, entrasteis en el arca y también muchas otras especies vivientes, las de mayor tamaño se quedaron, ahora han desaparecido.
            Después de sus palabras, cierro los ojos y creo recordar. Al principio solo había humo, los pueblos y las ciudades se poblaban de una niebla densa, apenas se divisaban las nubes, más tarde la temperatura comenzó a subir, el hielo nórdico se derretía y nadie intentaba remediarlo. Pasado un tiempo, se oyó un estruendo más ensordecedor que el trueno, el cielo se tiñó de noche, se abrió en dos mitades, y un aguacero inmenso, como cortinas de agua, caía con fuerza. Entonces vi una luz que se acercaba y se posaba a mis pies. Era una nave, en su interior, un homínido con ademán imperativo me obligó a subir. Subíamos y planeábamos continuamente recogiendo personas diferentes de todas las razas y animales de todos los géneros. Sé que cuando terminó, me quedé dormida.   
            -Esta tierra es hermosa -respondí.
            -El planeta ha vuelto a nacer. Se ha regenerado tras el caos, es la segunda vez y si no lo cuidáis, no habrá una tercera oportunidad.
            El anciano se incorporó, caminó lentamente hacia el receptáculo, cruzó los peldaños y el batiente se cerró. El artefacto era inmenso, se balanceó en el aire y se elevó vertical, hasta convertirse en un punto invisible.
            No acertaba a averiguar el criterio que habían seguido esos entes extraños para elegirme a mí, ni para escoger a quienes compartimos el encierro, ¿cuarenta días y cuarenta noches? Eso fue con Noé. El arca o la nave, como se la quiera llamar, se posó en el monte Ararat. Y comenzó el crecimiento de la humanidad otra vez. Atrás quedaban las culturas antediluvianas con sus bestias, el contorno de los continentes, los secretos sepultados bajo la lluvia perpetua, nunca se supo cuál fue el motivo de la destrucción universal. Y los hombres habitaron un nuevo mundo que poco a poco fuimos devastando.
            La Historia se repite, miro el cielo transparente cubierto con un velo de gasa, los campos repletos de árboles frutales, las flores huelen a vida; percibo la alegría de las aves, el zumbar de las abejas y el trabajo incesante de las hormigas. Estreno el flamante paraíso, el nuestro.
Quiero ser como ellas, edificar, construir, formar una sociedad y conservar este regalo que es nuestro planeta. ¿Será esto posible?, me pregunto. Pienso en las diferentes especies, si poseen un instinto natural para preservar el hábitat, no me cabe duda, el hombre también. 
           
                   
           
           

           

domingo, 10 de marzo de 2019

OLIMPIA



Escritora, publicó novelas, obras de teatro y más de cincuenta escritos políticos, entre ellos: LA DECLARACIÓN DE LOS DERECHOS DE LA MUJER Y DE LA CIUDADANA.
            Guillotinada en 1793. Bajo el lema LA MUJER NACE LIBRE, defendió la igualdad de la mujer. Fue acusada por los revolucionarios de traidora y radical.           


PARÍS, 2 DE NOVIEMBRE DE 1793
Escribo por última vez, ya que de nada han servido mis cartas solicitando justicia. Espero que esta declaración en mi defensa llegue después de mi muerte, no sólo al gobierno de Francia, sino a todos los países, y que todos se enteren de cómo funcionan los radicales acusándome de jacobina. Sé que me han encarcelado sólo porque les molesta que no esté de acuerdo con ellos. Defiendo mis derechos y los de los ciudadanos y los de las ciudadanas libres. Durante años han aplaudido mis propuestas, me han elogiado y me han elevado a lo más alto, tanto en la política como en la cultura. Ahora no me perdonan que piense diferente. Lo que más me duele, es que quienes me condenan, sean esos hombres abiertos, incondicionales de los principios de la Revolución. Mañana me cortarán el cuello cuando despunte el alba. No me importaría si fuera por una causa justa o si hubiera delinquido. No quieren entender que con mi muerte faltan a las leyes de la Razón y de la Naturaleza.
Me habría gustado que un buen abogado en un tribunal justo explicara mis méritos, que hablara de mi integridad, de la lucha titánica que he librado siempre desde que llegué a París en 1770, para alcanzar un puesto como mujer en igualdad de condiciones que el hombre.
 Que el mundo lo sepa: me llamo Olimpia y nací en Montauban. Tenía una vida por delante y mis padres la truncaron casándome a los quince años con un hombre mayor. Doy gracias a que tuve la suerte de quedarme viuda en poco tiempo. Entonces juré no volver a pasar por la humillación que sufrimos las mujeres en el matrimonio. Marché a París con mi hijo para que recibiera una buena educación. Allí pude introducirme en los salones literarios. Me propuse demostrar que la mujer no se diferencia en nada del hombre, y que cualquier minúscula parte de nuestro esqueleto está compuesto de los mismos órganos: corazón, pulmones y cerebro. Somos seres nacidos de vientre de mujer ¿qué diferencia hay entonces? Para el macho somos carne sexual, objetos deseables donde satisfacer su concupiscencia; para el clero, cuerpos destinados a procrear.
Proclamé que los trabajos específicos dentro de la casa, que nos asigna la sociedad desde el nacimiento, nos denigran. Se cree que no somos capaces de desempeñar nada más que las labores de costura y las faenas domésticas.  Afirmé que las leyes hechas por hombres obedecen a un terrible trauma, porque, en contraposición a nosotras, su cuerpo no está hecho para perpetuar la humanidad. ¡Qué desilusión los ha acompañado desde todos los tiempos! Pueden ser héroes en el campo de batalla, pero no en la cama. Nosotras, en cambio, parimos y, a veces, morimos dando vida a un nuevo ser.
            Vosotros, los del Comité de Salvación Pública, me habéis conducido directamente al Tribunal Revolucionario. Merezco la guillotina, decís. Y yo os pregunto, ¿por qué? No habéis atendido mis razones, aunque en todo momento estuve a vuestro lado defendiendo al indigente, al que no tiene nada, al más humilde.  
            Me enorgullezco de ser la única mujer que ha reivindicado la libertad absoluta del ser humano, sea cual sea su sexo. A nosotras, las ciudadanas, se nos considera iguales a los ciudadanos para subir al cadalso en nombre de la justicia, pero no para subir a la tribuna y hablar en público. Si somos iguales ante la ley para ser condenadas, ¿por qué no lo somos para ejercer cargos o funciones políticas?, ¿por qué a los hombres no se les aplica la misma negativa?
Durante mis años de militancia en la Revolución, y aún antes, he pedido el derecho a la enseñanza para nosotras, la facultad de administrar los bienes y la potestad para ocupar sitios análogos a los vuestros. Yo, que he denunciado la esclavitud de los negros defendiéndoles de su sometimiento, me veo ahora esclava de vuestro fanatismo cruel y machista.
            Odio la radicalidad y me culpáis de practicarla; en la moderación está la justicia y la verdad, ¿es eso lo que me imputáis por no observar vuestros métodos homicidas? Os he avisado del peligro de la dictadura y no queréis escucharme. Soy una patriota a la que habéis perseguido. Me vais a aniquilar, pero mi palabra escrita y mi grito no podréis acallarlos.
Maximilien Robespierre, cómo han cambiado tus principios. No querías la pena de muerte para nadie, yo aprobaba esta doctrina y luchaba contigo para conseguir que el pueblo se viera libre de despotismos. ¿Por qué dejaste de ser fiel a tus creencias? ¿Qué derecho divino o humano te ha asistido para mandar decapitar a Luis XVI? Únicamente porque me he opuesto, me acusas de alta traición. Ahora, tú mismo has propiciado tu desgracia con el Régimen de Terror que has creado.
Desde mi celda te maldigo, Maximilien: verás caer mi cabeza, y detrás irá la tuya y la de todos los que os acusáis entre vosotros, los que vivís atemorizados por el miedo, porque os sentís culpables.
            Muero, y sé que vendrá el tiempo en que otras mujeres tomarán mi ejemplo. Sé que, mañana, cuando el verdugo coloque la cuchilla en mi garganta, cientos de ecos flotarán en el aire y transmitirán mi mensaje para las generaciones futuras, y que mi boca no quedará sellada, y mi queja perdurará en los siglos.
 Este es mi EPITAFIO:
            Aquí, en cualquier lugar de la tierra, yace Olimpia de Gouges-Dana, una mujer que murió a manos de la Revolución en 1793, siendo una revolucionaria convencida, que luchó para conseguir la igualdad de la raza negra y para reivindicar la libertad de pensar, de hacer y de decidir de la mujer.

FARADIDA


FARADIDA
ALEPO, SEPTIEMBRE DE 2015
Me llamo Juan y asisto a la sentencia de muerte de una mujer. No puedo resistirme a inmortalizarla en una fotografía, a través de su mirada leo sus palabras.  
            Estoy arrodillada ante mis ejecutores en medio de la calle, rodeada de hombres radicales armados; me han obligado a pesar de mi resistencia, y en esta actitud humillante espero la muerte. El imán y dos de sus seguidores me han descubierto, no era difícil, lo he hecho para provocar. Hablan, no entienden cómo he tenido el valor de hacerlo, he incumplido una de sus normas, yo, una simple mujer siria, un objeto cuyo único valor es servirles de diversión.  “¡Qué atrevimiento!, merece la muerte”, dicen. Soy musulmana suní, no creo en su religión, la que ellos han inventado, practico la verdadera, la que predicó Mahoma. Sé que, como mujer, soy libre y tengo derechos. Les he desafiado abiertamente porque no pueden imponerme su tiranía.
            En 1960 mi madre estudió en la universidad de Alepo. Vestía al estilo occidental y trabajó como profesora. Tuve una niñez feliz en los años setenta, iba a la escuela y, al salir, jugaba con mis hermanos y mis amigas. En 1980 comencé los estudios universitarios. Conocí a un estudiante, nos enamoramos y nos casamos. Hace un año que murió decapitado por miembros del Estado Islámico.
            Cuando empezó la guerra, en 2011, Raaszim se había unido al Ejército Libre. Con el bombardeo de Homs, Daraa y otras ciudades, la angustia me consumía hasta que llegaban noticias suyas. En 2014 decidimos ir juntos a Kobaré, en Kurdistán, para unirnos al ejército. Me alisté con las mujeres peshmerga, mujeres soldado que se enfrentan a la muerte para luchar contra los yihadistas. Los he visto correr despavoridos ante el temor de morir a manos nuestras. Para ellos sería perder el paraíso. Yo me alegraba al descubrir su espanto.
A Raaszim lo capturaron en una emboscada y yo juré vengarme. Continué unos meses con las mujeres kurdas contemplando la brutalidad a la que eran sometidas las prisioneras, eran su botín de guerra. Vi violaciones de veinticuatro horas seguidas en niñas y jóvenes para luego venderlas como esclavas. Vi mutilaciones y toda clase de torturas. Yo deseaba plantarles cara de alguna manera, la vida ya no me importaba.
Conseguí llegar a Alepo. La ciudad estaba medio derruida. De los portales de los edificios colgaban las reglas de los radicales. El Estado Islámico prohíbe a las mujeres vestir con colores llamativos, llevar ropa estrecha, transparente o minifalda. También deben someterse a la mutilación genital y usar el velo o niqab. Vi con horror que el yihadismo se había implantado.
Me escondí en la casa de mis padres donde ahora vive mi cuñada, preparando mi venganza. Quería transgredir esa orden que nos deshonra y nos convierte en objeto de uso y maltrato. Deseaba pregonar nuestros derechos, los de las mujeres árabes, como seres humanos y libres. Hubiera querido ponerme una minifalda y una blusa transparente, y salir así, para que todos me vieran.
He pasado quince días rebuscando en el baúl de mi antiguo cuarto. No había ningún resto de la ropa que usaba cuando era joven. Esta mañana he encontrado algo. En el fondo, he descubierto una chaqueta de color rojo y me la he puesto sobre el chador negro, consciente del pecado que estoy cometiendo. De esta manera he salido a la calle, con la cabeza alta, sin mirar a nadie. Me he sentido burlada, me han insultado, y cada mirada de desprecio me ha servido de aliciente para continuar mi desafío. De repente, alguien me ha cogido de los brazos y me ha forzado a arrodillarme.
Agachada, en esta postura vil, veo la cara furiosa del imán que sermonea a los guerrilleros. Acaba de sacar una pistola del bolsillo y apunta a mi sien. Estoy sentenciada, voy a morir en unos instantes. Son los suficientes para que todos oigan mi voz, los que pasan en este momento, los que se paran para recrease con el morbo de mi ejecución y los que sacan sus teléfonos móviles y me fotografían. Sé que mi foto dará la vuelta al mundo, y aprovecho para gritar a mi asesino que soy libre y mujer, y que no tiene derecho a matarme sólo por llevar una chaqueta roja, una prenda occidental que era mía, porque antes la libertad era norma en el país. Digo que me llamo Faradida y quiero que mi nombre perdure en nuestra historia. Un ruido seco cierra mi boca y mi cuerpo se derrumba.      



A todas las mujeres que han dejado huella en la historia, las que se han enfrentado a un mundo hostil, las que han escrito con su sangre las palabras: IGUALDAD Y LIBERTAD dando testimonio al mundo por los siglos.