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martes, 22 de abril de 2025
martes, 5 de noviembre de 2024
Secretos que no se pueden contar
Son dos cuentos dirigidos a chicos de nueve
años. Los protagonistas, Marc y Luis, tienen esa edad en la que la imaginación
y la fantasía se desborda. El primer cuento, ODIPAR, narra la historia
de Marc, el hijo de un pescador cuyas experiencias se desarrollan en su pequeño
pueblo. En su afán por conocer al pez vela, el animal más hermoso y elegante de
los océanos, se siente atraído por el mar y se convierte en una obsesión.
En el segundo cuento EL ÚLTIMO BARCO PIRATA,
la tierra de Luis es Mallorca, una isla rodeada de playas y de acantilados en
los que se ocultan numerosas grutas. Por su abuelo que, según dicen, es como un pozo de ciencia, se entera de que en
los siglos XVI y XVII llegaban barcos piratas y escondían sus botines en las
cuevas.
Son dos historias diferentes cuya similitud es que los niños son los dueños de sus propias vidas, su imaginación no tiene fronteras. Se sienten a años luz de los adultos y, al mismo tiempo que descubren mundos insólitos, aprenden a discernir la maldad de la bondad. Ese poder de creer que todo es posible les obligará a resolver por sí mismos los problemas que se les plantean y será el medio que les ayude a formarse en un futuro. Tanto Marc, el hijo del pescador, como Luis, un niño de ciudad que vive en una isla, vivirán sucesos emocionantes que les marcarán de por vida.
domingo, 3 de noviembre de 2024
ACERCA DE MÍ
Acerca
de mí.
Soy la
segunda de nueve hermanos y viví en Aranjuez hasta los veintidós años en un
ambiente libre, porque mis padres no le daban importancia a lo que consideraban
“una exageración” de las normas sociales o de la iglesia. Por eso mismo, mi
infancia fue feliz. Andaba por los jardines de la Isla o del Príncipe y los
recorría como si fueran de mi propiedad. Asimilé la belleza de la fuente de
Hércules y la Hidra que vomitaba chorros de agua por la boca, y de la magia del
Niño de la Espina, un estanque entonces seco, que me permitía meterme dentro y
contemplar la perfección del pie donde no se veía ninguna espina.
Desde los cuatro años leía cuentos,
luego los contaba a mis hermanas pequeñas aumentando el dramatismo, pero a
ellas les daba igual, no se inmutaban. Creo que fue esa la razón que me indujo
a inventar historias. A los seis años formaban corro en el patio del colegio
mis compañeras de clase, sin pestañear, empapándose de imágenes de hadas y de
brujas.
Así transcurrió mi niñez, leyendo y narrando
lo que se me pasaba por la cabeza, siempre ante a un auditorio que escuchaba
absorto las innumerables aventuras que iba desmenuzando mientras contemplaba el
mar durante las vacaciones en Mallorca.
Ya adolescente quise escribir todo y
me costaba, seguramente porque en esa acción se perdía mi inventiva. La
inspiración que me llegaba como un torrente fluido no era partidaria de pausas.
En mi juventud me planteé que lo más
importante para mí era ser escritora, no cuentista. Y me incorporé a la labor
de aprender la técnica de la escritura sin dejar de ser yo misma.
miércoles, 4 de septiembre de 2024
domingo, 7 de enero de 2024
Huida a Egipto
HUIDA
A EGIPTO
(Navidad
2023)
Esram permanecía agazapada bajo los
cascotes del edificio medio derrumbado. Nadie podía verla, ella sí, veía las
carreras, los rostros feroces, escuchaba los gritos. El bloque de ladrillos que
le servía de asiento, hacía pocas horas que había sustentado parte de las
paredes de su casa. No lloraba, los ojos apretaban hacia dentro las lágrimas.
“Tú eres valiente”, ¿lo era?, ¿en eso consistía el valor?, ¿en mostrar un
semblante enmascarado? Raazim se lo repitió varias veces antes de morir cuando
se hallaba tendido en el suelo entre un charco oscuro y viscoso. Abrazó contra
su pecho al pequeño Abda que aún no tenía dos años. En esa postura había
perdido la noción del tiempo. Su cuerpo se entumecía por la inmovilidad. Observó
que el cielo estaba ennegrecido y el silencio envolvía la zona. Entonces oyó la
voz: “huye, si quieres salvar al niño, coge el borrico y vete a Egipto, los
Herodes de hoy, matan, como los de ayer, a los menores de dos años”.
El eco sonaba insistente en sus oídos,
asumió el aviso, la advertencia de Raazim desde el otro mundo. Apenas pudo
incorporarse con el pequeño en brazos; se subió a la burra y desató la argolla
del establo, el hijo en el regazo y, en la quietud de la noche, comenzaron la
caminata hacia el paso fronterizo de Rafah. Avanzaban rodeados de cadáveres, las
carreras y los lamentos le aturdían, las hileras de personas que se dirigían
como ella al mismo lugar le sobrecogían.
Después de varias jornadas, después de
cruzar entre cuerpos ambulantes que sostenían como perdidos al niño o al
adolescente ensangrentado, había dejado atrás la barbarie cerca de los
alrededores de la ciudad de Al Arish. Ya en Egipto, recordaba el pasaje de las Antiguas
Escrituras de los judíos, el que Raazim le leía a veces. Aunque musulmán, era
un estudioso de la Historia y decía que, muchos años atrás, los faraones mandaban
asesinar a los bebés hebreos. Cuando nació Moisés, el libertador, su madre lo
escondió en un cestillo calafateado y lo colocó en el río, así lo salvó. Más
tarde, apareció Herodes el cruel y, ahora, otros Herodes querían exterminar a los
inocentes.
Al
proseguir su camino, el niño comenzó a quejarse de sed. Ella no tenía agua, ni siquiera
un pequeño mendrugo. Lejos, en lo alto de un cerro, escuchó a un viejo cantar.
Camina la Virgen
pura,
Camina para Belén
Y en la mitad del camino
Pide el Niño de beber.
No pidas agua, mi vida,
No pidas agua, mi bien
Que vienen las fuentes turbias
Y no se puede beber.
Alzó la cabeza. Un árbol extendía sus ramas con
naranjas apretadas, jugosas y relucientes. A la burra no le quedaban fuerzas
para atravesar ese sendero tan empinado, pero debía llegar y alcanzar el fruto
que generosamente le brindaba.
Al
coronar la cima, se acercó al ciego.
-Buen
hombre, ¿me daría una naranja para el niño entretener?
-Coja
usted las que quiera, señora, que la fruta está madura y apta para saciar la
sed.
-Gracias
-repuso Esram, que se atrevió a coger tres.
El
ciego reanudó la canción.
-¿Me da usted una naranja
¿Para el Niño entretener?
-Coja usted, buena Señora
las que
sean menester.
Según coge una tras otra
Florecen de tres en tres
Cuando la Virgen se aleja
El ciego comienza a ver.
-¿Quién ha sido esa señora
¿Que me hizo tanto bien?
En los ojos me dio vista
Y en mi corazón también
Será la
Virgen María
Que otra no ha podido ser.
Esram
se quedó consternada, un halo rodeaba al hombre que, sin verla, la animó a que
llenara las alforjas.
-Es
usted palestina, una migrante con su hijo que escapa del horror.
-¿Cómo
lo ha adivinado?
Él dirigió sus ojos vacuos hacia el horizonte
y pronunció estas palabras.
-No
soy adivino, veo con el corazón y sé que las naranjas no entienden de guerras.
¿Sabe?, soy judío, yo tampoco comprendo los odios de los que matan. Este
villancico es de origen cristiano y podemos entonarlo por igual los israelíes y
los musulmanes -tras una pausa continuó- ¿Puedo preguntarle si tiene dónde
guarecerse? Por aquí pasan ambulancias que se llevan a los heridos a los
hospitales.
-Nosotros
estamos sanos, solo tenemos hambre, no disponemos de casa, ni de territorio.
-Hay
salas para refugiados en la Ciudad, si acude a ellos, les atenderán.
Esram
le miró reconfortada.
-Agradezco
su caridad, buen hombre -respondió antes de marcharse.
-Vaya
con Dios, señora.
Mientras descendía cuesta abajo, encontró una cueva
en una roca y pensó que era el momento de descansar, el asno clavó las rodillas
junto al niño para darle calor. A ella, ahora sí, se le abrieron los párpados y
un llanto suave empezó a fluir por su rostro, porque aún existían almas de buena
voluntad, personas que repartían sus recursos, que compartían las desgracias, que
les daba igual su procedencia, sus creencias o su raza. En el montículo, la
línea rojiza del crepúsculo caía sobre el naranjo, luego, pasada una hora, el
firmamento se cuajó de estrellas y cercó el final del día.
Desde
la más brillante, Raazim, convertido en luz, emitía destellos cubriéndola. “No
temas”, le volvió a susurrar, os he guiado hasta aquí a propósito, y os llevaré
hacia donde la vida no pone límites. Esram cerró los ojos, estaba cansada, por
la mañana continuaría por la senda prometida.
miércoles, 21 de diciembre de 2022
DE REPENTE, NAVIDAD
DE
REPENTE, NAVIDAD
Ha llegado, igual que la primavera,
sin saber cómo ha sido. Salgo a la calle, cuelgan estalactitas de oro de los
hilos sujetos a los postes, brillan simulando estrellas. Desde casa, anuncia la
tele que vuelve el hijo por Navidad gracias al turrón de cualquier marca; también
mujeres hermosas vestidas con galas exóticas beben cava salpicadas de burbujas infinitas,
y diversos hombres guapísimos y repeinados se acercan a bellezas que exhalan diferentes perfumes y se miran embelesados, porque es Navidad. De repente, todos sonríen, abarrotan
los comercios de ropa, compran abalorios, regalos; se manifiestan generosamente
hacia los seres queridos. Es Navidad, nos damos ese gusto, una vez al año y comemos
extraordinario, eso que normalmente no nos podemos permitir, pero, aunque suban
los precios, lo aceptamos, ya llegará enero con su famosa cuesta; ahora es
Navidad.
Yo me pregunto, ¿la Navidad es una
fiesta religiosa?, ¿conmemora el Nacimiento de Jesús? Cada uno la vive a su
manera, aunque no hay duda de que es pura magia, es una esencia, un espíritu
que se cuela en nuestras mentes y nos sugiere saludar al vecino del que no
habíamos reparado, le deseamos salud, amor, bienestar. Es Navidad, el momento
de pensar en los que no tienen para comer y nos compadecemos de los enfermos y
de los que sufren.
Es Navidad, y yo, devanándome los
sesos para cambiar el menú de Nochebuena, que no me dé tanto trabajo. Vienen
mis hijos y nietos. “No hagas nada, cada uno traemos un plato”, dice la mayor,
sé que es una frase hecha, que se queda en el aire. “A mí me gusta la cena
tradicional de toda la vida, el pavo o la pularda y el consomé, porque de otra
forma, no sería Navidad”, palabras de la segunda. El resto, no opina, “haz lo
que quieras” y en el fondo, lo que yo quiera es lo de siempre. El año pasado
rellené el pavo al estilo de mi abuela y lo llevamos los mayores, Andrés y yo, al obrador de
leña en un carrito de la compra. Por el camino, se resbaló hasta el fondo con
todos sus jugos, quedó seco y correoso.
Esta vez no quiero fracasar, hago el
fiambre de gallina el día antes, tal como lo hacía mi madre. Me siento en una
silla de la cocina algo cansada, es un agotamiento antiguo que se mezcla con la
ilusión, con la cena familiar, con la tradición. Tengo ante mí la piel desnuda del animal que el carnicero me ha dejado como una sábana, las carnes, las especias, los vinos olorosos. La Navidad es una vez al año,
por eso mi madre está ahí, pienso en ella, la percibo, me inspira, la veo con la paciencia, con la tenacidad que ponía en el relleno del pavo mientras los niños cantábamos villancicos.
Ahora,
me domina la soledad, el ave y yo, solas, frente a frente. ¿Tengo ánimos para
trabajar? Cierro los ojos, siento a mi madre a mi lado, me explica los pasos, sin prisas,
hay que poner amor en lo que se hace. Pasa una hora, cuando los abro, ella se
ha desvanecido y el animal está sobre la mesa, relleno, atado, listo para su
cocción.
Me siento aliviada, mi madre me ha
sonreído, me ha ayudado, me ha deseado la Nochebuena perfecta. Es Navidad. El
tiempo transcurrirá y la Navidad seguirá igual, los hombres se desearán la paz
y se alegrarán enviando su mensaje, una vez al año, cuando, de repente, llegue la
Navidad.
domingo, 20 de marzo de 2022
AMISTAD
AMISTAD
Kiev, 20 de marzo, 2022
Querida Katia: mientras te escribo, oigo el estruendo de las bombas y ya no me estremezco como al principio. Parece como si nos acostumbráramos a todo, a ver muertos por las calles, a comprobar las casas derruidas, a las colas para conseguir una barra de pan. Desde mi ventana, los cristales rotos de enfrente me dejan insensible y me pregunto cuánta capacidad tiene el ser humano para el sufrimiento cuando de repente tu vida da un vuelco, cuando sufres un cambio sinsentido, y sin embargo aguantas, porque no quieres perder más, resistes y, aunque te vaya la vida, sabes que otros detrás de ti continuarán. Esa es la esperanza.
¿Te acuerdas del verano pasado aquí en mi ciudad qué bien lo pasábamos? Tú rusa, yo ucraniana, ambas amigas. Íbamos por las mañanas a la playa, por las tardes al cine o a pasear por el parque. Te despediste al acabar las vacaciones hasta el 2022, me dijiste. ¿Cómo podíamos sospechar que la maldad nos envolvería? La maldad y la bondad van de la mano. Hombres malos y hombres buenos que nos asedian o nos acompañan.
Querida Katia, no sé si mi carta te llegará, espero que cuando acabe esta guerra puedas encontrarla en algún lugar, tampoco sé si para entonces estaré muerta, pero mis palabras pervivirán como un testimonio vivo del amor que prevalece por encima de la crueldad. Mi único deseo es que no te olvides de que aquí tienes una amiga.
Abrazos.
Kalinka.