viernes, 4 de enero de 2019

ANDE, ANDE, ANDE



ANDE, ANDE, ANDE



Salíamos de casa a las once y media de la noche el día veinticuatro de diciembre.
Mis padres y mis hermanos, todos llevábamos el abrigo abrochado hasta el cuello, las bufandas de lana enrolladas en forma de pasamontañas y los guantes enfundados en los dedos. El frío nos empañaba los ojos hasta saltársenos las lágrimas. Caminábamos por las calles solitarias del pueblo para llegar a la capilla de las monjas.
Luego, la misa del gallo, las luces y los villancicos. El coro de las huérfanas internas sonaba como si fuera de otro mundo. Canciones al Niño Dios, al portal de Belén, a los pastores, a la Noche, a la Paz.
La misa terminaba entrada la una; yo pensaba que eso era la Navidad verdadera, la sentía, la emoción se metía en mis huesos y en mi piel. En casa nos esperaba la chimenea encendida, los platos de turrones y el cava.
Unas voces roncas me sacaron de mi abstracción: Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad, dame la bota María que me voy a emborrachar. Ande, ande, ande la Marimorena. Ande, ande, ande que es la Nochebuena. A medida que avanzábamos, los gritos se oían más cerca. Hacia la mitad de nuestro itinerario tropezamos con dos personas, un hombre y una mujer rodeados de cuatro chiquillos vestidos con ropas viejas. Él sostenía una botella de vino casi vacía y desde el bolsillo del pantalón asomaba la otra. Llevaba la americana remendada en los codos, andaba dando traspiés y bebiendo a sorbitos. Ella, con un pañolón negro sobre los hombros hacía sonar la pandereta con dos tapas de cacerola. De cuando en cuando acercaba la boca a la abertura del frasco de tinto. Luego les daba a los niños.
Me quedé mirando sobrecogida, vi cómo saltaban y cantaban alegres, porque era Navidad. No les esperaba una buena cena, ni turrones, ni la lumbre de unos leños. Se aferraban al alcohol, la medicina de sus males, el elixir que les proporcionaba la felicidad momentánea y les calentaba el cuerpo. Ese día no se quedaban en casa. Dame la bota María que me voy a emborrachar. El son se perdía en las calles, en la noche, hasta la madrugada. Luego, llegaría la resaca, el frío y la miseria.
Continuamos andando, de pronto, un golpe seco nos obligó a girar en redondo. Unos metros más allá, el borracho yacía tumbado en el suelo. A su lado, se hallaba agachada la mujer con los ojos llorosos. Le gritaba: “Que no tiés ná, levántate que no llegaremos nunca”. Pasado un rato, ambos seguían igual, él inconsciente y ella zarandeándole.
Mi padre le puso la mano en el cuello, no parecía muerto, sino embotado a causa de la embriaguez. Los rapaces habían cogido la frasca y se la pasaban de uno a otro hasta quedar tirados, medio dormidos.
-Están helados, si los dejamos aquí morirán de frío -comentó.
-Sí, pero ¿qué podemos hacer? No sabemos a dónde llevarlos -decía mi madre.
 -Iré a buscar mantas -respondió.

El cielo estaba cubierto de estrellas y en medio del camino polvoriento, sin asfaltar, sin un alma que cruzara entre la vía, una hoguera lanzaba sus llamas aportando calor a una pareja y a sus pequeños. Iban envueltos en mantas. Alrededor, sentados sobre otras prendas de abrigo, nosotros, mis padres y mis hermanos con los turrones y el cava.
 No dejamos de tocar las panderetas. Cuando amaneció, con la voz ronca seguíamos entonando: Ande, ande, ande la Marimorena. Ande, ande, ande que es la Nochebuena.
El sol se mostraba en el horizonte, indeciso aún. Dejamos a la familia descansando.
Mientras nos dirigíamos a nuestra casa, la emoción se metía en mis huesos y en mi piel. Por primera vez sentí que había vivido la verdadera Navidad.


      

miércoles, 2 de enero de 2019

ES NAVIDAD


ES NAVIDAD




            El viejo le explicaba al nieto la historia. Hacía frío, los leños chisporroteaban en la chimenea del hogar. Le había preguntado qué era la Navidad.
            -Debes saberlo, todo el mundo debería saberlo. Hace más de dos mil años nació un niño en una tierra lejana. En su mochila traía muchos mensajes. Y ocurrió que, mientras iba creciendo, se desprendía de alguno y así aligeraba su maleta. Los dejaba en cualquier lado, en las casas de los vecinos y en las de los amigos.
            “Al hacerse mayor, comenzó a viajar por los caminos y continuó vaciándola como cuando era pequeño. La gente los almacenaba y después de mirarlos los echaba en saco roto, eso quería decir que los perdía por los agujeros de su talego”.
            “Otros, en cambio, los guardaban como tesoros. Ya te he dicho que esto ocurrió hace muchos años en un país muy lejano”.
            El viejo hizo una pausa, y el nieto le preguntó.
            - ¿Tú sabes lo que decían esos mensajes?
            -Sí, eran tristes y alegres. Los tristes aseguraban que el mal se había apoderado de los humanos, reinaba en ellos desde que el hombre era hombre y estaba invadiendo el planeta. La maldad se enseñoreaba de gran parte de las personas de todos los países y de todos los tiempos. Cuando los ángeles lucharon por el bien y el mal, venció este último, ganaron los malos, entonces la mezquindad se adentró en las mentes y se volvieron crueles y egoístas.
            “Por eso nació ese niño cargado de promesas buenas, por eso las repartió, aunque sólo unos pocos las asimilaron y las pusieron en práctica. Gracias a ellos el mundo aún sobrevive. Son los que, a lo largo de las generaciones, creen en el bien”.
                El viejo hizo otra pausa y el niño le preguntó.
            - ¿Tú sabes qué es el bien?
            -Claro, es pensar en los demás, es comprender, es ayudar y, sobre todo, es amar. Esos eran los mensajes alegres que aquel niño que nació hace mucho, en una tierra lejana, quería enseñar a los hombres.
            “Ese niño llevaba la Paz en su mochila para contrarrestar a los violentos, a los codiciosos y a los desalmados”.
            El viejo volvió a hacer otra pausa y dijo.
            -No creas que la navidad es estar muy contento durante una época del año y comprar muchas cosas. La Navidad tiene su espíritu y hay que comprenderlo. ¿Sabes cuál era uno de los mensajes de aquel niño? Sus palabras eran estas: Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad.  Ya ves, sólo pretendían recordar que siempre habrá quienes la desean y da igual que sólo sean unos pocos los que se enfrentan a las injusticias.
            El viejo se quedó contemplando la leña. Las llamas formaban figuras extrañas, con miradas feroces, engulléndose unas a otras; veía el mundo en toda su dimensión, el odio cubría sus rostros, sin parar nunca; personajes que se esfumaban daban paso a otros nuevos, repetidos e iguales.
            Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Abrazó a su nieto.
            - ¿Te has dado cuenta? Hoy es Navidad.
            El niño no dijo nada, se incorporó y se acercó a la ventana, era de noche. El abuelo fue tras él, le dio la mano y salieron a la calle. Una multitud poblaba las aceras; personas de todas las edades; apenas se distinguían unas de otras; ricos y pobres, gentes sin rostro que encerraban sus sentimientos en un abismo interno, máscaras silenciando todas las pasiones y estados de ánimo, la tristeza, la alegría, la codicia, la desesperación, la soledad, el amor y el odio.
            Todas constituían un enjambre de sensibilidades y reacciones. El abuelo le dijo a su nieto.
            -El mundo está repleto de individuos que encubren sus comportamientos, ahí están, no adivinarás cuánto daño son capaces de hacer.
            El niño miró hacia arriba y respondió.
            -Abuelo, no quiero adivinar lo que ocultan las personas, quiero encontrar lo bueno de la gente, por eso estoy buscando en el cielo una señal, como esa que luce en el cielo.
El abuelo miró también, y la vio. Estuvieron largo rato contemplando el resplandor que anunciaba la bondad de los hombres. Las nubes formaban figuras de manos tendidas hacia los pobres, de abrazos a los que sufren, de ofrecimientos generosos de hospitalidad a los desheredados de la Tierra.
 -Esa luz se ha orientado en el cielo porque es Navidad. Ahora entiendo por qué se celebra este día. Está fija para mostrarnos su significado.
            -Así es, ahora has conocido su espíritu y lo has comprendido.   
            El abuelo le dio un beso al nieto y juntos regresaron a la casa sonriendo.
            - ¿Sabes? -le dijo-. La navidad existirá siempre mientras haya niños sobre la Tierra, porque son puros y aún no se han maleado.
            -Abuelo, y también para los ancianos como tú que eres puro igualmente.
            En las alturas, una estrella les guiñaba el ojo.
              
              


domingo, 11 de noviembre de 2018


SOBREVIVIENTES


Alrededor de la mesa redonda se sentaban tres hombres y tres mujeres unidos por el verbo y la palabra. Sus corazones eran puros. Habían superado el hambre, el dolor y la muerte.
El de la piel como la noche dijo.
-Es hora de empezar.
-Hay mucho trabajo -respondió el de los ojos oblicuos.
-No podemos salirnos del esquema otra vez -dijo la mujer de pelo ralo y la mirada de aceituna.
-Debemos arrancar el pasado de nuestra memoria -afirmó la de la tez como la nieve.
Los seis juntaron su sangre y sellaron el compromiso.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

QUERIDA TÍA


QUERIDA TÍA




 Julia leyó el remitente después de un día agotador. Tenía en sus manos la carta de una persona desconocida. No le interesaba demasiado el escribiente; quien quiera que fuese, no dudaba de que sería algún medio de publicidad, utensilios quirúrgicos o vendedores farmacéuticos. No estaba para atender nada, podía tirarla directamente a la papelera o antes de romper el sobre leer el contenido. Decidió que la abriría más tarde. La dejó sobre la mesa del salón, se recostó en el sofá y cerró los ojos. Todo se arremolinaba en su cabeza, el hospital, pacientes, embarazadas, mujeres con enfermedades vaginales, prostitutas, revisiones de mayores y más jóvenes, y la adolescente inquieta, temblorosa. Ella teniendo que tomar decisiones, ¿quién era ella para decidir? “Y tus padres?”, “mis padres no, por favor”. Luego, salir corriendo para recoger a los niños de las últimas actividades, la ducha, la cena.
            Si Alberto no estuviera siempre de viaje, tendría una ayuda, compartirían los trabajos, comentarían sus dudas, sería un apoyo frente a tanto sufrimiento como el que desfilaba a diario por su consulta. Alberto era como un fantasma, apenas se veían.

            La lancha se deslizaba por las aguas tranquilas del lago Pátzcuaro. El remero lo cruzaba una vez más, como tantas en que llevaba a los turistas de una margen a otra. Julia apretaba a los mellizos sentados a cada lado suyo, como si debiera protegerles del hechizo de sus profundidades. Un aliento invisible la rodeaba, un soplo que le sobresaltaba, que no la dejaría hasta que respondiera afirmativamente a su deseo-mandato.
            Desembarcaron cerca del hotel. El Portón del Cielo se alzaba majestuoso haciendo honor a su nombre. Tras la cena, subió con los niños a la suite, en el último piso. Desde que llegaron a México, dos días antes, no habían hecho preguntas, les dio las respuestas justas al salir de Madrid. “Sólo estaremos fuera una semana, es importante”. A Miriam y a Juan les pareció bien, viajar siempre les parecía bien, les daban igual los motivos de la madre.
             Les contempló, estaban profundamente dormidos en sus camas, ella no podía hacerlo. Nada más llegar, la sombra se había convertido en una visión, era un espectro que se acentuaba y le susurraba que ese era su día y, ahora que no quedaba luz en el horizonte y el sol dejaba paso a la luna naciente, comenzaba su noche. Una angustia nueva y vieja a la vez la torturaba, desde que tomó la decisión de acceder a la cita y coger el avión que la llevaría hasta la misma Ciudad. Sin saber cómo, se encontraba rodeada de lujo, bloqueada por millones de dólares que la cubrían entera como una túnica interminable.
            Echó una mirada a los niños, no se despertarían. Salió de puntillas, en la recepción dio una generosa propina al conserje para que se ocupara si tenían algún problema, luego cogió un taxi, se mezcló entre la multitud de catrinas y máscaras que danzaban por las calles e intentó deshacerse de la angustia que la consumía.
            ¿Habría leído Alberto su nota? La recordaba al pie de la letra, la había dejado sobre la mesilla de noche. “Supongo que mi ausencia no te importará, a fin de cuentas, apenas nos hablamos, casi no nos conocemos. He liquidado mi contrato en el hospital por una vida mejor. No tengo intención de volver. Me llevo a los niños una temporada, hasta que quieras verlos. Entonces llegaremos a un acuerdo para compartir la custodia. En cuanto tenga una dirección fija te la mandaré”.  
 Luego escribió al señor Antúnez, apoderado de su tía Ernestina, fallecida en México hacía una semana. Le comunicaba que para recibir su legado como única beneficiaria debía personarse en la ciudad lo antes posible.
 Se sumió en el torbellino de las ánimas que se agitaban, sarcásticas, haciendo bromas a sus parientes. Su tía estaba allí, la presentía y la cercaba. “Eres mi única heredera, la hija de mi hermano”, repetía en un murmullo, el eco atronaba sobre su cabeza y rebotaba en su cuerpo. No parecía dispuesta a abandonarla y debía resistirse, debía hacer algo.
 Comenzó a temblar de rabia. Se dirigiría al Camposanto, la visitaría en su tumba, en su nuevo hábitat entendería que ella no era así.  
Lo vio enseguida. Era el mausoleo del ángel con las manos juntas, enorme, exultante. En la lápida de mármol la inscripción decía:

ERNESTINA GONZÁLEZ (28 de octubre de 2018)

Se sentó sobre ella y le respondió.
“¿Por qué me has hecho donación de todos tus bienes? ¿Por qué lo dejé todo pensando comenzar una vida de riqueza en un país distinto? No nos conocíamos. Firmé agradecida, ante notario, la aceptación de la herencia. Ahora que sé cuáles eran tus boyantes negocios, voy a renunciar. No podría nunca vivir a expensas de la cadena de casas de prostitución que me transfieres”.
Julia regresó andando al Portón del Cielo. Se había quitado de encima una losa más pesada que todas las lápidas. Por el camino pensó en la adolescente que le pidió abortar, en su mirada suplicante, en las múltiples violaciones silenciosas y en las redes de prostitución que le estremecían.  Tendría que empezar de nuevo en un lugar extraño, pero no volvería.
Lejos, el lago Pátzcuaro reflejaba la sombra del hermoso hotel. Alberto no la había llamado.
           


lunes, 5 de noviembre de 2018

Una cita


 UNA CITA 




 Julia leyó el remitente después de un día agotador. Tenía en sus manos la carta de una persona desconocida. No le interesaba demasiado el escribiente; quien quiera que fuese, no dudaba de que sería algún medio de publicidad, utensilios quirúrgicos o vendedores farmacéuticos. No estaba para atender nada, podía tirarla directamente a la papelera o antes de romper el sobre leer el contenido. Decidió que la abriría más tarde. La dejó sobre la mesa del salón, se recostó en el sofá y cerró los ojos. Todo se arremolinaba en su cabeza, el hospital, pacientes, embarazadas, mujeres con enfermedades vaginales, prostitutas, revisiones de mayores y más jóvenes, y la adolescente inquieta, temblorosa. Ella teniendo que tomar decisiones, ¿quién era ella para decidir? “Y tus padres?”, “mis padres no, por favor”. Luego, salir corriendo para recoger a los niños de las últimas actividades, la ducha, la cena.
            Si Alberto no estuviera siempre de viaje, tendría una ayuda, compartirían los trabajos, comentarían sus dudas, sería un apoyo frente a tanto sufrimiento como el que desfilaba a diario por su consulta. Alberto era como un fantasma, apenas se veían.

            La lancha se deslizaba por las aguas tranquilas del lago Pátzcuaro. El remero lo cruzaba una vez más, como tantas en que llevaba a los turistas de una margen a otra. Julia apretaba a los mellizos sentados a cada lado suyo, como si debiera protegerles del hechizo de sus profundidades. Un aliento invisible la rodeaba, un soplo que le sobresaltaba, que no la dejaría hasta que respondiera afirmativamente a su deseo-mandato.
            Desembarcaron cerca del hotel. El Portón del Cielo se alzaba majestuoso haciendo honor a su nombre. Tras la cena, subió con los niños a la suite, en el último piso. Desde que llegaron a México, dos días antes, no habían hecho preguntas, les dio las respuestas justas al salir de Madrid. “Sólo estaremos fuera una semana, es importante”. A Miriam y a Juan les pareció bien, viajar siempre les parecía bien, les daban igual los motivos de la madre.
             Les contempló, estaban profundamente dormidos en sus camas, ella no podía hacerlo. Nada más llegar, la sombra se había convertido en una visión, era un espectro que se acentuaba y le susurraba que ese era su día y, ahora que no quedaba luz en el horizonte y el sol dejaba paso a la luna naciente, comenzaba su noche. Una angustia nueva y vieja a la vez la torturaba, desde que tomó la decisión de acceder a la cita y coger el avión que la llevaría hasta la misma Ciudad. Sin saber cómo, se encontraba rodeada de lujo, bloqueada por millones de dólares que la cubrían entera como una túnica interminable.
            Echó una mirada a los niños, no se despertarían. Salió de puntillas, en la recepción dio una generosa propina al conserje para que se ocupara si tenían algún problema, luego cogió un taxi, se mezcló entre la multitud de catrinas y máscaras que danzaban por las calles e intentó deshacerse de la angustia que la consumía.
            ¿Habría leído Alberto su nota? La recordaba al pie de la letra, la había dejado sobre la mesilla de noche. “Supongo que mi ausencia no te importará, a fin de cuentas, apenas nos hablamos, casi no nos conocemos. He liquidado mi contrato en el hospital por una vida mejor. No tengo intención de volver. Me llevo a los niños una temporada, hasta que quieras verlos. Entonces llegaremos a un acuerdo para compartir la custodia. En cuanto tenga una dirección fija te la mandaré”.  
 Luego escribió al señor Antúnez, apoderado de su tía Ernestina, fallecida en México hacía una semana. Le comunicaba que para recibir su legado como única beneficiaria debía personarse en la ciudad lo antes posible.
 Se sumió en el torbellino de las ánimas que se agitaban, sarcásticas, haciendo bromas a sus parientes. Su tía estaba allí, la presentía y la cercaba. “Eres mi única heredera, la hija de mi hermano”, repetía en un murmullo, el eco atronaba sobre su cabeza y rebotaba en su cuerpo. No parecía dispuesta a abandonarla y debía resistirse, debía hacer algo.
 Comenzó a temblar de rabia. Se dirigiría al Camposanto, la visitaría en su tumba, en su nuevo hábitat entendería que ella no era así.  
Lo vio enseguida. Era el mausoleo del ángel con las manos juntas, enorme, exultante. En la lápida de mármol la inscripción decía:

ERNESTINA GONZÁLEZ (28 de octubre de 2018)

Se sentó sobre ella y le respondió.
“¿Por qué me has hecho donación de todos tus bienes? ¿Por qué lo dejé todo pensando comenzar una vida de riqueza en un país distinto? No nos conocíamos. Firmé agradecida, ante notario, la aceptación de la herencia. Ahora que sé cuáles eran tus boyantes negocios, voy a renunciar. No podría nunca vivir a expensas de la cadena de casas de prostitución que me transfieres”.
Julia regresó andando al Portón del Cielo. Se había quitado de encima una losa más pesada que todas las lápidas. Por el camino pensó en la adolescente que le pidió abortar, en su mirada suplicante, en las múltiples violaciones silenciosas y en las redes de prostitución que le estremecían.  Tendría que empezar de nuevo en un lugar extraño, pero no volvería.
Lejos, el lago Pátzcuaro reflejaba la sombra del hermoso hotel. Alberto no la había llamado.
           


domingo, 8 de abril de 2018

EL GUARDIÁN SECRETO





EL GUARDIÁN DEL SECRETO




            Elena había subido al cerro del pueblo para hacer un poco de ejercicio. Una hora para subir y otra para bajar. Lo hacía cada sábado si no llovía. Cuando estaba arriba se sentaba en una piedra pulida y brillante y miraba lejos, hasta el horizonte que decían, para ella eso era más, era adivinar lo que se escondía detrás. Las noches de luna llena, en verano, permanecía quieta, respirando el halo que la rodeaba, imaginando su sonrisa burlona, de prepotencia. Desde un lugar tan alto, todo se vería diferente, el mundo pequeño a los pies no sería igual. Siempre pensaba que le gustaría ir a la luna, no en satélites, ni en platillos voladores, ni en ninguna nave de la serie Apolo. El problema era vivir en la segunda década del siglo veintiuno. Aún faltaba mucho por inventar, sin embargo, ella tenía en su memoria el conjunto de algunas teorías, sólo necesitaba que alguien se aventurara a ponerlas en marcha, alguien especial que conociera los secretos de la tierra y del cielo.
            Trabajaba como bibliotecaria; este empleo le daba acceso a toda clase de libros. Sobre todo, devoraba los que trataban de ciencia, de poderes ocultos o de leyendas ancestrales. “Una joven doncella mostrará la luz a los humanos”, decía una profecía. ¿A quién se refería? Acababa de cumplir veintidós años, aún le quedaba hacer el máster en biblioteconomía y se sentía tan vieja como si hubiera vivido setecientos años.
            La oscuridad cubría el altozano. Elena había esperado la salida de la luna sin resultado, un manojo de nubes se entrecruzaba y la engullían. Tampoco se veían estrellas, unas tinieblas espesas avanzaban ladera abajo. Se incorporó tanteando los matorrales, luego abrió mucho los ojos para observar dónde ponía los pies y evitar el peligro de rodar o caer al precipicio. Dio uno de los pasos en falso y advirtió que no pisaba suelo firme, se sostenía en el aire sin caerse. Al mismo tiempo, oyó una voz profunda que le decía.
            -No te va a pasar nada, estás en mi cueva, dame la mano.
            Elena extendió el brazo y sintió que una fuerza la cogía depositándola en el fondo. Era una estancia abovedada que irradiaba una luminiscencia natural. Un ser, un gigante de unos tres metros, la miraba atentamente. Llevaba una melena que le colgaba hasta las pantorrillas y sus enormes ojos parecían acariciarla. No estaba asustada, enseguida adivinó que no era un monstruo, sino una presencia tan antigua como el mundo.
            -El momento ha llegado -dijo la voz cavernosa-, una noche oscura vendrá una muchacha que no tendrá miedo a nada y será tan clarividente que, con su esfuerzo, la mente humana dará un gran paso.
            Elena no sabía qué responder, ni sabía qué esperaba de ella ese coloso.
            - ¿Quién eres?, ¿por qué vives apartado de todos?
            -Me llamo Olade y tengo muchas razones para esconderme aquí. Una, mi tamaño; dos, mi antigüedad; tres, soy diferente.
            - ¿Qué debo hacer? -Elena intuyó que estaba destinada a realizar algo específico.
            -Quiero que pruebes mis artilugios. Alguien tiene que hacerlo. Llevo toda la vida inventando todo eso que, desde el principio de los tiempos, la humanidad intenta conseguir sin éxito. La eterna juventud o volar, entre otras muchas.
            -Bueno, volar ya lo hacemos. Mi sueño es llegar a la luna por mis propios medios.
            -Es lo que voy a demostrarte. He construido unas alas, ya lo intentó Dédalo y se cayó al vacío. Lo mío es perfecto, he observado minuciosamente el vuelo de las aves, sobre todo, de las águilas. Es fácil, sólo hay que accionar un botón y seguir el ritmo acompasado, con otro mando se puede planear, dirigir el vuelo y programarlo.
            - ¿Eso es lo que me pides?, ¿Qué las pruebe?
            -Te pido mucho más, no sólo que atravieses el mundo, como los pájaros; si deseas llegar a la luna, tendrás que ponerte el traje especial para contrarrestar la gravedad y la falta de oxígeno.
            -Es fantástico, estoy dispuesta cuando quieras.
            -Empezarás ahora dando un breve paseo, el vuelo lunar lo dejaremos para la próxima luna llena.
            Elena se puso el equipo, se colocó las alas, dio un impulso y comenzó a elevarse por encima de las casas, de los pueblos y de los montes, después voló por encima del mar. Por primera vez sentía que pertenecía a su planeta, lo dominaba todo y era parte de ese todo, justo lo contrario de su hábitat en su pequeña porción de territorio. Así debían sentirse los pájaros, nunca gozaría de una libertad igual. Pasada media hora, el mando programado la devolvió a la gruta del gigante. Se despojó de su mecanismo y se despidió de Olade.
            -Acuérdate de venir en la próxima luna llena. No cuentes a nadie lo que has visto ni hecho, no te creerían.
            -Entonces, ¿de qué sirve tu invento?
            -Ya lo verás más adelante. Si funciona, y veo que sí, harán falta conferencias y demostraciones. Aparecerán los magnates de las finanzas, fundarán multinacionales, se llevarán la gloria y capitalizarán los ingresos por su venta. No estoy seguro de querer participarlo.
            -Pero los descubrimientos deben compartirse, son bienes para la humanidad.
            -Son bienes que pueden acarrear guerras.
            Elena se marchó a la vez feliz y desilusionada. Deseaba que los demás disfrutaran como ella de la plena libertad y de la contemplación de la tierra, como hacen las aves. Todos los sábados, al atardecer, se acercaba a la cueva, se ponía las alas y navegaba por los aires, por encima de los pueblos, de las casas y del mar.
            Cuando salió la luna llena, se encaminó a la gruta, se puso el traje, se encajó las alas y programó la subida directa hasta la luna. La tierra se hacía diminuta y la osa mayor se hacía grande, un mundo extraño le rodeaba, se posó sobre la superficie lunar y de repente, pensó que no valía la pena regresar.
            Olade sonrió. La doncella había comprendido. La humanidad aún no estaba preparada.