martes, 28 de septiembre de 2021

UNA FOTO PARA LA HISTORIA

UNA FOTO PARA LA HISTORIA

ALEPO, SEPTIEMBRE DE 2015

Me llamo Juan y asisto a la sentencia de muerte de una mujer. No puedo resistirme a inmortalizarla en una fotografía, a través de su mirada leo sus palabras, iguales a las de otras mujeres que han sufrido un calvario parecido.  

            “Estoy arrodillada ante mis ejecutores en medio de la calle, rodeada de hombres radicales armados; me han obligado a pesar de mi resistencia, y en esta actitud humillante espero la muerte. El imán y dos de sus seguidores me han descubierto, no era difícil, lo he hecho para provocar. Hablan, no entienden cómo he tenido el valor de hacerlo, he incumplido una de sus normas, yo, una simple mujer siria, un objeto cuyo único valor es servirles de diversión.  ¡Qué atrevimiento!, merece la muerte, dicen. Soy musulmana suní, no creo en su religión, la que ellos han inventado, practico la verdadera, la que predicó Mahoma. Sé que, como mujer, soy libre y tengo derechos. Les he desafiado abiertamente porque no pueden imponerme su tiranía.

            En 1960 mi madre estudió en la universidad de Alepo. Vestía al estilo occidental y trabajó como profesora. Tuve una niñez feliz en los años setenta, iba a la escuela y, al salir, jugaba con mis hermanos y mis amigas. En 1980 comencé los estudios universitarios. Conocí a un estudiante, nos enamoramos y nos casamos. Hace un año que murió decapitado por miembros del Estado Islámico.

            Cuando empezó la guerra, en 2011, Raaszim se había unido al Ejército Libre. Con el bombardeo de Homs, Daraa y otras ciudades, la angustia me consumía hasta que llegaban noticias suyas. En 2014 decidimos ir juntos a Kobaré, en Kurdistán, para unirnos al ejército. Me alisté con las mujeres peshmerga, mujeres soldado que se enfrentan a la muerte para luchar contra los yihadistas. Los he visto correr despavoridos ante el temor de morir a manos nuestras. Para ellos sería perder el paraíso. Yo me alegraba al descubrir su espanto.

A Raaszim lo capturaron en una emboscada, y yo juré vengarme. Continué unos meses con las mujeres kurdas contemplando la brutalidad a la que eran sometidas las prisioneras, eran su botín de guerra. Vi violaciones de veinticuatro horas seguidas en niñas y jóvenes para luego venderlas como esclavas. Vi mutilaciones y toda clase de torturas. Yo deseaba plantarles cara de alguna manera, la vida ya no me importaba.

Conseguí llegar a Alepo. La ciudad estaba medio derruida. De los portales de los edificios colgaban las reglas de los radicales. El Estado Islámico prohíbe a las mujeres vestir con colores llamativos, llevar ropa estrecha, transparente o minifalda. También deben someterse a la mutilación genital y usar el velo o niqab. Vi con horror que el yihadismo se había implantado.

Me escondí en la casa de mis padres donde ahora vive mi cuñada, preparando mi venganza. Quería transgredir esa orden que nos deshonra y nos convierte en objeto de uso y maltrato. Deseaba pregonar nuestros derechos, los de las mujeres árabes, como seres humanos y libres. Hubiera querido ponerme una minifalda y una blusa transparente, y salir así, para que todos me vieran.

He pasado quince días rebuscando en el baúl de mi antiguo cuarto. No había ningún resto de la ropa que usaba cuando era joven. Esta mañana he encontrado algo. En el fondo, he descubierto una chaqueta de color rojo y me la he puesto sobre el chador negro consciente del pecado que estoy cometiendo. De esta manera he salido a la calle, con la cabeza alta, sin mirar a nadie. Me he sentido burlada, me han insultado, y cada mirada de desprecio me ha servido de aliciente para continuar mi desafío. De repente, alguien me ha cogido de los brazos y me ha forzado a arrodillarme.

Agachada, en esta postura vil, veo la cara furiosa del imán que sermonea a los guerrilleros. Acaba de sacar una pistola del bolsillo y apunta a mi sien. Estoy sentenciada, voy a morir en unos instantes. Son los suficientes para que todos oigan mi voz, los que pasan en este momento, los que se paran para recrease con el morbo de mi ejecución y los que sacan sus teléfonos móviles y me fotografían. Sé que mi foto dará la vuelta al mundo, y aprovecho para gritar a mi asesino que soy libre y mujer, y que no tiene derecho a matarme sólo por llevar una chaqueta roja, una prenda occidental que era mía, porque antes la libertad era norma en el país. Digo que me llamo Faradida y quiero que mi nombre perdure en nuestra historia. Un ruido seco cierra mi boca y mi cuerpo se derrumba”.      

 

 

 

A todas las mujeres que han dejado huella en la historia, las que se han enfrentado a un mundo hostil, las que han escrito con su sangre las palabras: IGUALDAD Y LIBERTAD dando testimonio al mundo por los siglos.

           

 

 

 

 

 

 

sábado, 24 de julio de 2021

Morir un poco

 

 

EL VERANO

 

             

El calor es agobiante, desde la ventana aún veo a las gaviotas volar, el mar está cerca y he querido seguir su ruta. He sacado los billetes de avión con escala en Dubái y en Yakarta. Me he dirigido a la isla de Bali en el océano Índico para romper mi rutina. Me gustan las islas exóticas. Al llegar, me esperaba el hotel de super lujo, los volcanes y las playas de arena blanca y el agua turquesa.

Durante los diez días de mi estancia en la localidad de Ubud me he paseado por sus calles; he entrado en la cueva Goa Gajah, la que el gigante Kebo Iwa formó al rascar la roca con su uña, he accedido metiéndome por la boca de un demonio (son las creencias de los balineses); he sentido el pánico y la claustrofobia. Por las noches he salido a los barrios para ver los diferentes teatros de marionetas. Hay un ambiente raro, mágico en el bullicio de las gentes, en su alegría.  Los isleños llevan en sus manos bandejas hechas con hojas de banano repletas de coco, de galletas y de caramelos adornadas con flores Así espantan a los seres malignos. A mi espalda he notado un aliento. ¿Será un espíritu del mal? Pero no, es un muchacho veinteañero, como yo, de ojos oscuros y profundos. Me ha regalado uno de esos cambures. Es un talismán, ya no debes tener miedo, me asegura. Me ha preguntado mi dirección, no me ha importado dársela, inspira confianza. Me ha recogido cada mañana en el hotel, es un guía turístico. Me ha acompañado a las playas de Kuta donde hay peces extraños, a los arrecifes de Padangbai para navegar al amanecer y contemplar los saltos de los delfines. Las embarcaciones de los pescadores llevan ojos pintados en las proas y se protegen de las serpientes marinas. Al desembarcar hemos comido pescados y mariscos a la parrilla. El guía se llama Kombo y creo que me he enamorado de él.

Hemos hecho el amor en la habitación de mi hotel al finalizar la visita al volcán “madre” Gumg Agung, es impresionante. He respirado hondo y me he sentido feliz.

 

Me incorporo de la butaca. Veo volar otra vez las gaviotas a través de mi ventana, el calor es asfixiante. Hace dos años, cuando llegaban julio y agosto, la civilización se moría, aunque solo en apariencia, el verano es para eso, para morir un poco, para abandonar los trabajos y holgar. No había fontaneros, ni carpinteros, los comercios pegaban en sus puertas el cartel de Cerrado por vacaciones.

 Ahora el verano es permanente, como si todos hubiéramos dejado atrás nuestra existencia, morimos en los hospitales, morimos de tristeza en nuestras casas. Las tiendas no cuelgan sus carteles de cierre por vacaciones, se traspasan, dejan de existir, como muchos de nosotros, vivimos sin futuro, no nos quedan esperanzas. Llevo varios meses en paro por culpa de la pandemia; con mis escasos ahorros puedo comer, pero ¿hasta cuándo? Lo siguiente son las “colas del hambre” donde almas caritativas te ofrecen comida.

 Pienso en mi maravilloso viaje, en este inolvidable verano, un viaje realizado en mis sueños. He viajado al fin del mundo y he disfrutado de un verano que no muere y permanece en mi memoria.

El calor me aturde los sentidos, solo este verano se mantiene intacto en mi imaginación.

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lunes, 19 de julio de 2021

La INCÓGNITA

 

LA INCÓGNITA

 

 

 

El cuarto de mi abuela era como un santuario. Al entrar debía hacerlo de puntillas, casi rozando el mosaico de rombos marfil y negro que embaldosaba el suelo.

         -Pasa, no te quedes ahí -decía nada más verme franquear la puerta.

         Mi abuela era muy coqueta y la sorprendía siempre frente al espejo de su cómoda plagada de viejas fotografías.

         Yo la contemplaba mientras se empolvaba la nariz y las mejillas o mientras se acercaba a la nuca una perilla de goma cubierta de tul que remataba un precioso frasco de cristal tallado. Presionaba suavemente, y la habitación se impregnaba de un intenso olor a flores. Luego, se ponía unos zapatos negros de medio tacón, se ahuecaba el pelo con los dedos y sonreía satisfecha. Aún se encontraba guapa.

         -Ya estoy lista, ¡vamos!

Nos marchábamos calle abajo atravesando el paseo de El Borne, presumiendo ella de nieta y yo de abuela ante la gente que deambulaba. Al llegar a la Granja Royal nos servían chocolate con nata y bizcochos cuartos y yo me sentía deliciosamente feliz.

        

Otras veces, me quedaba quieta para saborear mejor la disposición de los objetos e interiorizarlos hasta anotarlos en la memoria:

 El centro lo dominaba la cama de cerezo con cuatro columnas salomónicas, una en cada esquina. Una colcha adamascada de color ocre cubría los dos colchones de lana que se deshacían y rehacían una vez al año, la cama quedaba tan alta que mi abuela, que era bajita, tenía que encaramarse a un taburete para poder acceder a ella.

A cada lado, haciendo juego, las mesillas de noche en las que se amontonaban alrededor de un quinqué estilo años veinte, imágenes en miniatura hechas de concha o de pasta, de la Virgen de Lourdes y de Fátima, escapularios de tela con la Virgen del Carmen, un misal y un libro de Kempis.

Cuando mi abuela no tenía plan para salir yo pasaba la tarde con ella y presenciaba fascinada esos quehaceres de ordenar sus cosas.

Levantaba el atril del reclinatorio y extraía numerosas estampas que representaban santos y vírgenes, del Sagrado Corazón, de la Inmaculada o de san Antonio, todos orlados por un ribete negro. Detrás, bajo una cruz también negra, se leía la inscripción R.I.P y los detalles del óbito del familiar, entonces comenzaba a clasificar los recordatorios por orden de fechas.

-Este era el tío Bernardo que se casó con su prima María que era una belleza.

Y me iba contando las vidas de sus antepasados y los míos, que yo recibía con un grado óptimo de admiración. Cuando terminaba, yo le hacía la misma pregunta:

-Abuela, ¿cuándo arreglamos el armario?

-Hoy no, otra tarde que tengamos tiempo.

El armario quedaba alineado perpendicularmente con la cama. Era una pieza que suscitaba mi curiosidad, hasta el punto de que uno de los motivos que me llevaba a desear ayudarla era conseguir que me lo enseñara y me permitiera hurgar en él. Sus tres cuerpos remataban en un pequeño capitel en el que se intercalaban pequeñas columnillas entornilladas. En cada lado de los frontales se encastraban dos espejos de luna; la puerta central, toda de madera, escondía de arriba abajo una hilera de cajones.

 

Pasaron varios años, un día de verano encontré a mi abuela frente al armario, con la parte central extendida, dejando los compartimentos al descubierto.

- ¡Abuela! ¡Por fin has roto el misterio!

-Hoy he decidido desempolvar mis recuerdos.

Y ante mi mirada de asombro exclamó:

-Venga, necesito tu ayuda, no irás ahora a echarte atrás.

-No, abuela, lo estoy deseando.

-Pues empecemos.

Aquellas palabras sonaron en mis oídos como un regalo que se me ofrecía en el momento más inesperado. El armario constituía para mí un tesoro infranqueable y lo que custodiaba en su interior había creído que permanecería oculto hasta su muerte.

Al ir extrayendo los cajoncillos, fui enterándome de lo que había sido su juventud, lo iba advirtiendo al leer los distintos paquetes de cartas atados con cintas de color azul o púrpura y al contemplar las postales salpicadas de rosas y claveles rodeando niñas con un gato o un perro en los brazos; o las de petimetres en pose de baile. En el reverso había escritas dedicatorias en letra picuda, casi ininteligible, esquelas de amor en verso, recados en prosa declarando entrega y pasión. Mi abuela se casó muy joven pero nunca se le ocurrió romper las misivas de sus pretendientes, formaban parte de una época pasada que no podía, no debía eliminar de sus cofres. Al verlo me transporté a otro tiempo, a su tiempo. Y pensé que debía seguir adelante.

 

-Abuela, ¿qué hay dentro de las otras puertas, las que tienen el espejo?

-La verdad es que no pensaba abrirlas, pero si te interesa podemos mirar un rato. -Asentí con entusiasmo ante la ocasión de descubrir otra incógnita.

 

La llave, algo oxidada, logró hacer ceder la cancela de cada uno de los cuerpos para mostrar una colección de vestidos que fue sacando y colocando sobre la cama con sumo cuidado mientras reprimía la nostalgia: trajes de noche, de seda, de calle, conjuntados con sombreros y zapatos, trajes que deseaba probarme, que me hubiera gustado lucir, desgastados, trajes años veinte y trajes años treinta, vestidos encantadores que usaba ella para gustar, en aquellos locos y desenfadados años, en los que una parte de la sociedad se divertía mientras otra sufría las consecuencias de entre guerras.

Ante esa maravilla, me estremecí pensando que aquellos objetos ocultos eran un compendio de vida, decían más que las palabras.

-No cuentes a nadie que te he enseñado mi armario.

-No abuela, será nuestro secreto.

Con emoción comprendí que ya nunca más volvería a abrirlo.

 

A los quince días murió.

Contemplé el armario cerrado que yo tampoco abriría. Dentro quedaba el tiempo, un tiempo con ráfagas de placer y dolor conservados para que nada ni nadie pudiera turbar ni enturbiar una existencia que quedaba ahí, en la penumbra oscura de un ropero antiguo.