Acerca
de mí.
Soy la
segunda de nueve hermanos y viví en Aranjuez hasta los veintidós años en un
ambiente libre, porque mis padres no le daban importancia a lo que consideraban
“una exageración” de las normas sociales o de la iglesia. Por eso mismo, mi
infancia fue feliz. Andaba por los jardines de la Isla o del Príncipe y los
recorría como si fueran de mi propiedad. Asimilé la belleza de la fuente de
Hércules y la Hidra que vomitaba chorros de agua por la boca, y de la magia del
Niño de la Espina, un estanque entonces seco, que me permitía meterme dentro y
contemplar la perfección del pie donde no se veía ninguna espina.
Desde los cuatro años leía cuentos,
luego los contaba a mis hermanas pequeñas aumentando el dramatismo, pero a
ellas les daba igual, no se inmutaban. Creo que fue esa la razón que me indujo
a inventar historias. A los seis años formaban corro en el patio del colegio
mis compañeras de clase, sin pestañear, empapándose de imágenes de hadas y de
brujas.
Así transcurrió mi niñez, leyendo y narrando
lo que se me pasaba por la cabeza, siempre ante a un auditorio que escuchaba
absorto las innumerables aventuras que iba desmenuzando mientras contemplaba el
mar durante las vacaciones en Mallorca.
Ya adolescente quise escribir todo y
me costaba, seguramente porque en esa acción se perdía mi inventiva. La
inspiración que me llegaba como un torrente fluido no era partidaria de pausas.
En mi juventud me planteé que lo más
importante para mí era ser escritora, no cuentista. Y me incorporé a la labor
de aprender la técnica de la escritura sin dejar de ser yo misma.
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