martes, 5 de noviembre de 2024

 Secretos que no se pueden contar 

Son dos cuentos dirigidos a chicos de nueve años. Los protagonistas, Marc y Luis, tienen esa edad en la que la imaginación y la fantasía se desborda. El primer cuento, ODIPAR, narra la historia de Marc, el hijo de un pescador cuyas experiencias se desarrollan en su pequeño pueblo. En su afán por conocer al pez vela, el animal más hermoso y elegante de los océanos, se siente atraído por el mar y se convierte en una obsesión.

En el segundo cuento EL ÚLTIMO BARCO PIRATA, la tierra de Luis es Mallorca, una isla rodeada de playas y de acantilados en los que se ocultan numerosas grutas. Por su abuelo que, según dicen, es como un pozo de ciencia, se entera de que en los siglos XVI y XVII llegaban barcos piratas y escondían sus botines en las cuevas.

 

Son dos historias diferentes cuya similitud es que los niños son los dueños de sus propias vidas, su imaginación no tiene fronteras. Se sienten a años luz de los adultos y, al mismo tiempo que descubren mundos insólitos, aprenden a discernir la maldad de la bondad. Ese poder de creer que todo es posible les obligará a resolver por sí mismos los problemas que se les plantean y será el medio que les ayude a formarse en un futuro. Tanto Marc, el hijo del pescador, como Luis, un niño de ciudad que vive en una isla, vivirán sucesos emocionantes que les marcarán de por vida.


          



domingo, 3 de noviembre de 2024

ACERCA DE MÍ

 

 

 

Acerca de mí.

Soy la segunda de nueve hermanos y viví en Aranjuez hasta los veintidós años en un ambiente libre, porque mis padres no le daban importancia a lo que consideraban “una exageración” de las normas sociales o de la iglesia. Por eso mismo, mi infancia fue feliz. Andaba por los jardines de la Isla o del Príncipe y los recorría como si fueran de mi propiedad. Asimilé la belleza de la fuente de Hércules y la Hidra que vomitaba chorros de agua por la boca, y de la magia del Niño de la Espina, un estanque entonces seco, que me permitía meterme dentro y contemplar la perfección del pie donde no se veía ninguna espina.

          Desde los cuatro años leía cuentos, luego los contaba a mis hermanas pequeñas aumentando el dramatismo, pero a ellas les daba igual, no se inmutaban. Creo que fue esa la razón que me indujo a inventar historias. A los seis años formaban corro en el patio del colegio mis compañeras de clase, sin pestañear, empapándose de imágenes de hadas y de brujas.

           Así transcurrió mi niñez, leyendo y narrando lo que se me pasaba por la cabeza, siempre ante a un auditorio que escuchaba absorto las innumerables aventuras que iba desmenuzando mientras contemplaba el mar durante las vacaciones en Mallorca.

          Ya adolescente quise escribir todo y me costaba, seguramente porque en esa acción se perdía mi inventiva. La inspiración que me llegaba como un torrente fluido no era partidaria de pausas.

          En mi juventud me planteé que lo más importante para mí era ser escritora, no cuentista. Y me incorporé a la labor de aprender la técnica de la escritura sin dejar de ser yo misma.   

miércoles, 4 de septiembre de 2024

domingo, 7 de enero de 2024

Huida a Egipto

 

HUIDA A EGIPTO

(Navidad 2023)

 

 

 

 

 

          Esram permanecía agazapada bajo los cascotes del edificio medio derrumbado. Nadie podía verla, ella sí, veía las carreras, los rostros feroces, escuchaba los gritos. El bloque de ladrillos que le servía de asiento, hacía pocas horas que había sustentado parte de las paredes de su casa. No lloraba, los ojos apretaban hacia dentro las lágrimas. “Tú eres valiente”, ¿lo era?, ¿en eso consistía el valor?, ¿en mostrar un semblante enmascarado? Raazim se lo repitió varias veces antes de morir cuando se hallaba tendido en el suelo entre un charco oscuro y viscoso. Abrazó contra su pecho al pequeño Abda que aún no tenía dos años. En esa postura había perdido la noción del tiempo. Su cuerpo se entumecía por la inmovilidad. Observó que el cielo estaba ennegrecido y el silencio envolvía la zona. Entonces oyó la voz: “huye, si quieres salvar al niño, coge el borrico y vete a Egipto, los Herodes de hoy, matan, como los de ayer, a los menores de dos años”.

          El eco sonaba insistente en sus oídos, asumió el aviso, la advertencia de Raazim desde el otro mundo. Apenas pudo incorporarse con el pequeño en brazos; se subió a la burra y desató la argolla del establo, el hijo en el regazo y, en la quietud de la noche, comenzaron la caminata hacia el paso fronterizo de Rafah. Avanzaban rodeados de cadáveres, las carreras y los lamentos le aturdían, las hileras de personas que se dirigían como ella al mismo lugar le sobrecogían.

          Después de varias jornadas, después de cruzar entre cuerpos ambulantes que sostenían como perdidos al niño o al adolescente ensangrentado, había dejado atrás la barbarie cerca de los alrededores de la ciudad de Al Arish. Ya en Egipto, recordaba el pasaje de las Antiguas Escrituras de los judíos, el que Raazim le leía a veces. Aunque musulmán, era un estudioso de la Historia y decía que, muchos años atrás, los faraones mandaban asesinar a los bebés hebreos. Cuando nació Moisés, el libertador, su madre lo escondió en un cestillo calafateado y lo colocó en el río, así lo salvó. Más tarde, apareció Herodes el cruel y, ahora, otros Herodes querían exterminar a los inocentes.

Al proseguir su camino, el niño comenzó a quejarse de sed. Ella no tenía agua, ni siquiera un pequeño mendrugo. Lejos, en lo alto de un cerro, escuchó a un viejo cantar.

                          Camina la Virgen pura,

       Camina para Belén

Y en la mitad del camino

Pide el Niño de beber.

No pidas agua, mi vida,

No pidas agua, mi bien

Que vienen las fuentes turbias

Y no se puede beber.

 

 Alzó la cabeza. Un árbol extendía sus ramas con naranjas apretadas, jugosas y relucientes. A la burra no le quedaban fuerzas para atravesar ese sendero tan empinado, pero debía llegar y alcanzar el fruto que generosamente le brindaba.  

Al coronar la cima, se acercó al ciego.

-Buen hombre, ¿me daría una naranja para el niño entretener?

-Coja usted las que quiera, señora, que la fruta está madura y apta para saciar la sed.       

-Gracias -repuso Esram, que se atrevió a coger tres.

El ciego reanudó la canción.

-¿Me da usted una naranja

¿Para el Niño entretener?

-Coja usted, buena Señora

                                     las que sean menester.

Según coge una tras otra

Florecen de tres en tres

Cuando la Virgen se aleja

El ciego comienza a ver.

-¿Quién ha sido esa señora

¿Que me hizo tanto bien?

En los ojos me dio vista

Y en mi corazón también

                                      Será la Virgen María

Que otra no ha podido ser.

Esram se quedó consternada, un halo rodeaba al hombre que, sin verla, la animó a que llenara las alforjas.

-Es usted palestina, una migrante con su hijo que escapa del horror.

-¿Cómo lo ha adivinado?

 Él dirigió sus ojos vacuos hacia el horizonte y pronunció estas palabras.

-No soy adivino, veo con el corazón y sé que las naranjas no entienden de guerras. ¿Sabe?, soy judío, yo tampoco comprendo los odios de los que matan. Este villancico es de origen cristiano y podemos entonarlo por igual los israelíes y los musulmanes -tras una pausa continuó- ¿Puedo preguntarle si tiene dónde guarecerse? Por aquí pasan ambulancias que se llevan a los heridos a los hospitales.

-Nosotros estamos sanos, solo tenemos hambre, no disponemos de casa, ni de territorio.

-Hay salas para refugiados en la Ciudad, si acude a ellos, les atenderán.

Esram le miró reconfortada.

-Agradezco su caridad, buen hombre -respondió antes de marcharse.

-Vaya con Dios, señora.

 Mientras descendía cuesta abajo, encontró una cueva en una roca y pensó que era el momento de descansar, el asno clavó las rodillas junto al niño para darle calor. A ella, ahora sí, se le abrieron los párpados y un llanto suave empezó a fluir por su rostro, porque aún existían almas de buena voluntad, personas que repartían sus recursos, que compartían las desgracias, que les daba igual su procedencia, sus creencias o su raza. En el montículo, la línea rojiza del crepúsculo caía sobre el naranjo, luego, pasada una hora, el firmamento se cuajó de estrellas y cercó el final del día.

Desde la más brillante, Raazim, convertido en luz, emitía destellos cubriéndola. “No temas”, le volvió a susurrar, os he guiado hasta aquí a propósito, y os llevaré hacia donde la vida no pone límites. Esram cerró los ojos, estaba cansada, por la mañana continuaría por la senda prometida.